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©Rb Steiner

80 m u n d o s

25.1.08


—Si me pinchas sangro, cariño.

Escena abrupta de comedia familiar… Lágrimas en los ojos y una voz lastimera. (Un poco de suero fisiológico hace milagros, junto con la contracción hacia abajo de la nariz, acto que provoca un movimiento de los músculos de la cara que simula al de llorar.)

—Cariño.

Siempre y cuando el espectador nunca, repito, nunca, pretenda darse cuenta. La magia.

—Eres una vieja bruja. (¡Ohhhhhhhhhh!)

Asesinamos al productor, al director, a los actores y a todo aquel que sale en los créditos del final, aunque vayan deprisa los grabamos y los pondremos fotograma a fotograma si es necesario. El guionista se salva, en realidad siempre quiso ser actriz, pero escribir lo que le decía era lo único que se le daba bien.

Primer acto. Se abre el telón y una manada de seres pequeñitos en forma de polla invaden el escenario. Quise decir pene.

-Bah, provocar sigue siendo fácil, siempre habrá mentes ñoñas que se vean escandalizadas.

O no. Ya no sé qué contar.

—Cariño, ¿fuera de este mundo tenemos sexo?

—En la tele somos ángeles. Los niños vienen de los procesos de selección de actores (quise decir castings) y la maldad no existe más allá de lo seguro.

—Cariño, ¿qué hago con esta erección?

—No seas tonto, George, sal del set de rodaje y dile a tu asistente que te haga una buena felación.

—Es verdad, se me había olvidado. El chaval ése haría cualquier cosa para evitar que lo despida.

—Sé bueno y no te corras en sus ojos…

Aplausos… Se acabó el descanso.





Uno de los hijos de puta de los que hablaba el otro día. Vía Iñaki...



Europa Laica.



14.1.08


Espera hasta que la paz ahuyente a todas las malas bestias, que anidan agazapadas en las sombras de los vetustos y antiguos rincones del barrio de la Espina. Una ciudad verde de edificios que no ceden, sostenidas sus ruinas unas sobre otras. Una ciudad que trepa la colina y construye calles ascendentes. Escena enmohecida, viejas cuestas empedradas. Adoquines resbaladizos con una película constante de humedad sobre ellos. Los pasos suenan, chapotean. Gastadas botas de cuero, olvidados rencores que sostienen su camino. O no tan fuera de la memoria.
[Nótese el uso exagerado]
Va con los dolores encima, con la cara agrietada, con la barba espesa y con la búsqueda constante de aquello que perdió hace tiempo por estas calles.
Siempre podremos esperar, siempre.
Sin embargo es una persona honrada, o buena, jamás mataría a un gatito ni abandonaría a su perro en cualquier puerto de mala muerte. Pero tiene un cuchillo, y no dudaría en abrirte la garganta ante el más leve atisbo de burla en tus ojos. Tiene coraje, estupidez, pero también amor por la gente, y, quizá, también, demasiada esperanza en un mundo mejor.
Es uno de los habitantes de los rincones oscuros de la Espina.
[Nótese el uso del…]
Conoce todas sus calles, y casi cualquier camino de huída ante cualquier ataque de los de fuera, ante cualquier grito de odio.
Entonces espero. Espero a que todo se ponga en marcha. A que las bestias huyan.
[Nadie imita a nadie]
Sobre la mesa media botella de burbon, y enfrente alguien que oculta bajo un sombrero la cara desfigurada por la otra media botella que falta. La conversación se espesa y se arruga sobre la humedad condensada en el humo de los cigarrillos; niebla que borra la realidad de las dos únicas bombillas de la taberna. Una realidad cercana, una realidad antigua, enajenada, marcada y unas palabras ininteligibles, sordas, borrosas, borrachas. Frases inconexas que tratan de explicar el cuándo y el dónde de lo que aconteció la noche pasada en aquella esquina del barrio.
Más tarde, fuera, oscurece sobre la bahía, y el mejor sitio para contemplar el atardecer es el mirador de los Gatos: un resto de la vieja muralla que todavía se levanta de vez cuando contra los vientos. Nadie sabe de dónde viene el nombre, nadie sabe nada en esta ciudad ante el que se atreve a preguntar, y la brisa trae la bocina de un barco que llega o que parte. Por mucho que se empeñe nunca se aprenderá las mareas, nunca alcanzará, nunca aprenderá. Ya solo quedan las luces. Y la oscuridad de la Espina contrasta con el resplandor naranja del resto de la ciudad.
[Nótense las ganas]
A veces le apetece huir de nuevo, esta vez sin las manos ensangrentadas, aparecer en la ciudad del norte, volver a Paula, a sus noches en la habitación de los mosquitos, sudando el uno junto al otro contra un verano poderoso que apenas perdía bajo el agua de la ducha, bajo las caricias y las gotas o el olor de su piel sin el perfume.
Regresar a la rutina, a la oscuridad del despacho, protectora del sol, del calor. A la máquina antigua de aire acondicionado que no funciona. A las borracheras del jefe, a las excusas para los clientes, a las peleas por no cobrar lo convenido.
Pero esta vez no quiere la huída, necesita el control, sentirse humano de nuevo. Necesita a Paula.
[Salimos de nuevo y posamos la vista sobre los reflejos de la luna en el agua. Desajustamos el mecanismo. A lo mejor todo sale de aquí:]
Hace un tiempo. Desgastado. Tras los años la memoria convierte todo en bloques. Él se cree olvidado, amparado, protegido por los rincones, por las grietas de su cara, por las canas de su espesa barba. Protegido por el cambio en sus ojos. Ya no es nadie aquí, y sus acciones pasadas tampoco. Tampoco. Pero las paredes humedecidas saben, recuerdan a quienes las recuerdan y no dejan que nadie pase de largo.
Quizá si la ciudad dejara de amontonarse, si el barrio se iluminara. Contempla el puerto desde el mirador. Desde el mirador. Todo puede cambiar, solo hay que expulsar a las bestias que viven agazapadas en los rincones oscuros, solo hay que iluminar las sombras. El siglo de las luces. El viejo poeta regresa. La bocina del barco se acerca.
Todo puede cambiar en este barrio. Los asesinos no existen.
Pero la sombra, el rincón devuelve el recuerdo, la venganza antigua. Sobre él cae la memoria de un crimen, la revancha. Nadie puede traer la luz al barrio de la Espina, nadie. Una mancha de sangre en la camisa o el sudor empapando la tela. De noche nada se sabe.
El cuerpo apoyado contra el mirador, la mirada fría, y los pasos que regresan a la taberna. Hace tiempo que, Paula, encerrado en las memorias. Aquel verano. Todo puede cambiar.
[Nótese la falta de…]


10.1.08


Hoy se cumplen diez años desde que el Doctor Altura inventó su ya famosísima máquina.
Gracias a ella podemos saber, antes de lanzarlo a la atmósfera, si el pedo olerá o no, o si hará ruido al salir o será silencioso. Desde entonces la gente vive más feliz y el número de enfados se ha visto claramente reducido. La vida es más bella sin gases en tu interior.

Por esto y más, desde aquí doy mil gracias al Doctor Altura.

Para Arturo, que odia los pedos de los funcionarios.



5.1.08


Aguanta. Esa palabra carece de sentido. Se repite una y otra vez en un bucle mental, como una melodía que no puede escapar del espacio craneal rebotando eternamente contra las paredes. La única forma de que salga es pegándose un tiro. Tampoco tiene mucho sentido. Ambos sabemos que no hay nada más allá.
La habitación del hotel es fría y por mucho que mires el teléfono no va a sonar esta vez. Las gracias se las das al recepcionista. Juega melancólico al solitario del ordenador mientras cuelga la llave de la habitación en su gancho numerado respectivo. El papel de las paredes parece que va a caerse y desprende un olor a tabaco frío, a espacio cerrado. Aquí nadie te va a encontrar jamás. Me siento profundamente decepcionado.
La lealtad es algo que puedes tirar al río atado a una piedra. Podemos bajar la avenida hasta el puente de los Malhechores y ver cómo se hunde en el río negro, su último desesperado intento por respirar reflejado en las burbujas de la superficie. La misma imagen poética que un pedo en la bañera.
Voy a pasar lista en un aula vacía y me voy a quedar con los más fuertes. O quizá con los más cariñosos. Aguanta. Sigue careciendo de sentido.
Seré el ser más cínico. Es imposible. Vas a estar comiendo puñaladas traperas hasta el fin de tus días por muchas aulas vacías que recompongas, o por muchas llamadas a filas que convoques.
Hoy no puedo bajar al río, nieva, y mis heridas todavía están sangrando. Recibo una llamada, pero la habitación del hotel sigue siendo fría y, como es lógico, no tiene termostato emocional. Vaya estupidez.
La última palabra se repite una y otra vez. Jamás conseguirá escapar de mi cabeza.
Ella toca la guitarra en el paseo del río. Es una canción de Tom Waits y suena exactamente como debería sonar todo lo que siento. Mierda. Jamarás conseguiré ese brillo.
Me mira a los ojos cuando paso a su lado. Canta. Hold on, aguanta, y tal vez no suenen tan muertas sus palabras.
Siempre quedarán ellos.


2.1.08


Eres un caradura, un jeta, un aprovechado, un sinvergüenza. Y estás orgulloso de ello. Eres el que se mete al final de la salida de la autopista cuando esta está atascada. Eres el que va por el arcén para saltarse los últimos metros. Eres el que adelanta por la derecha cuando todos vamos rápido. Eres el que finge que no ha visto la máquina que expende los turnos para colarte antes. Eres el que llama para cancelar el billete del abono y luego te subes al último tren. Eres el que no paga a Hacienda, el que se libra de las multas.
Eres el que menos trabaja, el que más falta y el que más gana de todo el departamento. Tus excusas son patéticas.
Eres el que no espera a que la gente salga del vagón para entrar tú. Eres el que no sujeta la puerta, el que no cede el sitio, el que trata de robártelo. Eres el que no tira de la cadena, el que no usa la escobilla. Eres el que fuma en un sitio donde no está permitido. Eres el que no se pone a la derecha en las escaleras mecánicas. Eres el que coge el coche borracho, eres el que corre cuando no se puede. Eres el que tiene un accidente y no se mata pero asesina a los demás. Eres el que nunca recibe una lección, el que nunca aprende si se la dan.
Eres un mierda y encima tienes suerte. Eres un insulto viviente al humanismo, al civismo, a la solidaridad.
Ahí va todo mi desprecio, aunque te resbale. Eres un hijo de puta.


1.1.08


Feliz año... :D