27.12.07Hoy tocamos en la sala Nasti con los Gestalt y los Quid Rides?. El concierto empieza a las 21:30 y la entrada son 6 euros.
Había ganas ya, coño... Con lo que me molan los conciertos... 12.12.07Ya falta menos para el concierto... Red Lee vuelve por un día: 27 de diciembre en la sala Nasti (C/San Vicente Ferrer).
Miedito me da... :D 7.12.07Martin se quitó la ropa como si lo hiciera en su cuarto antes de acostarse. Se desnudó por completo, se sentó sobre la silla roja y comenzó a hacerse cortes trasversales en el muslo con la cuchilla que le habían entregado. No sentía dolor. Ni siquiera al ver cómo la piel se abría unos instantes después del paso del filo. No sentía nada.
Martin jugaba a la pelota. A veces. De niño. Yo juego a perder la cabeza. Nada funciona. Hay un camino, existe dentro. Aprieta, ahoga. O te hace gritar. Yo era un maldito niño normal. Carlos era mi amigo. Todo funcionaba bien. Martin no existe. Es solo un calambre que siento ahora mismo dentro de mí. Todo cambió a partir de aquel día. A partir de aquel viaje en coche. Y me expulsaron de aquel mundo. Te cambiamos de colegio. Carlos era mi mejor amigo. Manuel y yo éramos detectives. Y nuestro caso no se resolvía jamás. Todas las piedras eran una pista. Y todavía me acuerdo de mi primera pesadilla. De fondo, muy de fondo siempre me acompañará esa serpiente, ese salto, las ampollas en el cuello. La serpiente era verde, aunque ahora mismo diga negra. Estoy en el trabajo. Lo reconozco, no sé qué me pasa y tengo ganas de llorar. En mi vida hay muchos nombres, pero a lo mejor no son más que relleno en una novela. Martin escribe. Me fui de ese colegio. Pasé de mi paraíso a ser encerrado en un reloj, en una metáfora de lo normal, del camino establecido, del orden, de las cosas son así porque sí y no importa mucho la edad que tengas. Mi cárcel de normalidad. Fuera de ellos. Mi paraíso lleno de marías, almudenas, veras, irenes, isabeles, marcos, carlosmejoresamigos, manolodetectives, no-ser-un-as-del-fútbol-y-que-no-pasara-nada murió, se convirtió en memoria infantil, en algo que siempre acaba desvaneciéndose. Lo demás fue un colegio perfectamente normal, lleno de gente perfectamente normal, que se comportaban de una manera previsible y anodina. Es una pena, pena penita pena. Joder, qué difícil es no llorar. (Sigo rodeado de compañeros trabajadores.) A partir de ese momento todo el mundo pasó a ser una decepción. Heredo defectos y no consigo desembarazarme de ellos. Pero no todos eran habitantes del reloj, a veces había extraños, compartíamos. Éramos los locos, los raros, los expulsados del paraíso. Pero siempre estaban los demás y me hicieron odiar a mi hermano, una persona buena al que arrancaron la empatía. Y me hicieron matar a amigos. Y renunciar a Ástor y a su empresa espantagatos. Y todo mi mundo se fue a la mierda. Y me desperté del coma con el pelo por la cintura, una chaqueta militar con los cierres extraños y muchos amigos parias que no querían tener nada que ver con el mundo. Y llegaron Víctor, y la música, y las tías, y las drogas, y el Iván, y el Cabo, y Patricia, y Susana y Alicia, y el Neira, y aprobar sin estudiar, y las clases con el Egidio y con el Juan Bautista, las risas y el teatro de Segóbriga, hasta que de nuevo la decepción, el encontronazo, el no saber qué he hecho mal. De nuevo la maldita metáfora de lo normal, del no perteneces a este mundo, del no eres como nosotros. El reloj reapareció en escena y la traición se hizo cargo. Martin se cortó el dedo meñique del pie con las tenazas. No lloró. No sangró. Ni. Siquiera. Sintió. Dolor. Alguno. Luego llegaron los mundos. Volví a nacer con el pelo corto, con 20 kilos menos, con un trabajo lleno de recepcionistas ninfómanas, secretarias cotillas, jefes incompetentes con las iniciales bordadas en la camisa y Paco con ganas de jubilarse. Y ya no me acuerdo de su apellido, pero sí de la contraseña de su ordenador. La memoria es bastante estúpida. Me salvaron Iván, Itziar, Azahara, Mónica y al final apareció la universidad, el fracaso, la frustración, de nuevo otra decepción de la que me salvó Elisa. Martin aprieta las manos. Martin era un niño pequeño a veces. Martin es un traidor. Todo acaba por esclarecerse. El amor profundo, la intensidad. El sexo. La entrega. Abrir tanto la puerta, tantísimo, que de repente te ves con todo lo que nunca has enseñado a nadie, con todos los recuerdos de aquel paraíso lleno de amores y serpientes, de niños y niñas que te querían sin crueldad, que te consideraban uno de los suyos, totalmente expuesto. Te ves vulnerable, te sientes inseguro, y llegan los celos, la locura, la enfermedad y tu vida solo es el amor, y el amor es tan intenso que teme ese egoísmo en los ojos y sabe que tarde o temprano llegará la decepción y la negación. La silla en la que está sentado Martin es roja. Martin no consigue llorar. En la pared del fondo proyectan una película en la que Ramón está sentado en una silla roja girando la cabeza de lado a lado y diciendo no, no, no, no, no, no delante de la gran decepción, de la llave del paraíso. Ella se va. Y yo vuelvo a casa en un avión plateado. Deseo con fuerza que se estrelle. Vuelvo a estar solo, expulsado, con la gran decepción en el cuerpo. Víctor sigue ahí, nunca se fue. Y me vuelven a rescatar. Y soy testigo de los últimos coletazos del antiguo esplendor del grupo. Y vuelve la letra A a mi vida, y Auri es tranquilidad, es armonía, es naturalidad. También enfados y no esconder las cosas. Y yo por primera vez en mucho tiempo no tengo miedo. Pero los coletazos acaban y llega otra gran decepción, esta vez compartida con ella. Y nunca había hecho eso antes. Y me siento tranquilo, buscando la entrega total con una persona que me mira intrigada, que a veces tiene miedo y que muchas veces no comprende lo que hay dentro de mí. Sin embargo, es verdad, hay una habitación que dejo cerrada, esa que está llena de recuerdos infantiles, esa dónde reposan los restos de mi antiguo paraíso. Pero ahora comparto las decepciones. Y la pena se hace menos dura. ¿Qué es lo que hago mal? Por el momento ha dejado de importarme. Martin consigue soltar una leve lágrima. Le ha costado esfuerzos titánicos. Después de tanto tiempo, de todos los recuerdos acumulados, de todas las decepciones, de todos los amores para siempre, lo único que me ha quedado es mi familia, mi familia y mi amigo Víctor. Los únicos que no han sabido ver qué es lo que hago mal, o que han llegado a mirar tan dentro de mí que eso dejó de importarles hace tiempo. Martin ha encontrado algo bello por lo que vivir. Lástima que ahora tenga un meñique menos. 4.12.07—Atención, señora, no pierda tiempo limpiando su hogar, use Demolex y tendrá una casa nueva cada semana. Una manera muy ecológica de tenerlo todo limpio y con olor a nuevo. Demolex, que no tiene ningún agente químico, tira abajo su casa en un momento y envía al instante una cuadrilla de inmigrantes, certificadamente ilegales, que en cuestión de unas horas, lo que tarde usted en ir a la compra y volver, le tendrán un nuevo hogar listo y terminado. Qué mejor manera para dejar de convivir con ese incómodo elemento que es el polvo de una forma efectiva y respetuosa con el medio ambiente, algo con lo que sabemos está usted muy concienciada. 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