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©Rb Steiner

80 m u n d o s

29.12.06


Mil gracias a los que fuisteis ayer al concierto... Se salió... Qué pena que el grupo se acabe, me lo paso teta en el escenario.


20.12.06


Fuera, el mar, quizá, la palabra, o la evocación, la habitación en silencio y el ruido de pasar hojas del periódico. A lo mejor de lejos el del mar, a lo mejor. Hay un libro de Onetti abandonado sobre la mesilla de noche. En el despertar, el abrir los ojos, el olor de ella levantada: el café, el zumo, el tostador, el ruido de la taza al apoyarla en el plato, el pasar las hojas del periódico y quizá, de lejos el mar a través del ventanal abierto de par en par.
La almohada contra su piel, la boca pastosa, y el aire nuevo entrando en la habitación. Una melodía de fondo. No recuerda nada de la noche anterior. No recuerda nada de la semana anterior. No sabe qué día es. Se ha olvidado de su vida. Es más fácil que todo sea ella, que el tiempo pase, que las circunstancias se desarrollen, y que ella sea el centro inmóvil. Ha sido la opción fácil muchas veces.
Pero también están sus personajes, sus soledades, sus noches frente a frente sin que se dignen a aparecer en las líneas. Protagonistas con vida propia que se enfrentan a la imaginación de su propia vida y al autor imaginario que imagina como personaje.
Dejé de leer ese libro la noche en la que ella entró por la puerta dispuesta a compartir el tiempo conmigo. El pesimismo es incompatible con el amor o por lo menos con la fuerza del movimiento. Es fácil dejar el libro sobre la mesilla, lo difícil es devolverlo a la estantería.
Suavemente la realidad deja de ser espesa, la somnolencia se retira y ella silba de fondo. Tiene ganas de salir.
Noche tras noche.


7.12.06


—Mírame a los hojos.
—A lo mejor quieres decir ojos.
—Da igual, esto es oral.
—En este país hay que ser barroco y pedante para que te crean genio.
—Barroco y absolutamente obvio, camarada.
—Perros ingratos.
—La gente se alimenta de obviedades, pero sin darse cuenta de que lo son. Le gusta hacer lo que hacen los otros. Ahí descansa el secreto de la felicidad.
—¿La gente es feliz llevando la misma camiseta que los demás? ¿Eso les llena?
—Por completo.
—¿Y el concepto de individuo? ¿Y el concepto de progreso?
—Da igual que demos vueltas a lo mismo eternamente si la sensación general es la contraria. Todos somos individuos, todos somos originales, todos somos consumidores.
—Creo que entonces nos merecemos la extinción.
—Nosotros sí, por supuesto. Pero los del hemisferio de abajo merecen una oportunidad, ni siquiera los hemos dejado empezar.
—Tiene que volver la Edad Oscura.
—Explíquese.
—Pensaba en voz alta sobre eso que ha dicho usted acerca de los sureños. Una nueva edad oscura sería la prueba de que lo han conseguido, en realidad sería el borrado que necesitarían para empezar sus propuestas sobre un tablero en blanco.
Imagínese. La religión ocupa de nuevo el poder. El imperio se divide, los bárbaros, que serían ellos, conquistan una parte, los musulmanes, unos siglos después, la otra y todo se va a la mierda durante los suficientes siglos como para que el formateo se lleve adelante. Luego algunos visionarios descubren lo mejor de nuestra cultura y comienzan de nuevo…
—Se te ha ido un poco el discurso. Además lo de que la historia se repite ya huele un poco.
—Tenéis razón camarada, tenéis razón.